No permitas que me aleje (Trilogía Quiéreme imperfecta 1) by Estefanía Segovia

No permitas que me aleje (Trilogía Quiéreme imperfecta 1) by Estefanía Segovia

autor:Estefanía Segovia
La lengua: spa
Format: epub
editor: Penguin Random House Grupo Editorial España
publicado: 2021-07-24T11:10:59+00:00


Capítulo 8

21 de abril de 2007

Algo mareada y levemente aturdida, intenté enfocar hacia el origen de esa fuerza bruta. Sabía quién era; con solo hacer memoria de esos golpes podía conocer a mi atacante. Mi padre me estaba mirando con una sonrisa desde arriba, superador.

—Así que vienes a robar, Camila. ¿No te da vergüenza? ¿Eso es lo que te enseñé en todos estos años?

—Solo a odiarte —logré murmurar.

Debía levantarme cuanto antes, si no quería empezar a sentir más golpes.

—Eres una desagradecida. Con todo lo que te brindé en esta casa… Nunca te faltó comida y así me lo pagas. Eres igual a tus hermanos.

No contesté. Debía reservar mis fuerzas para luchar. Porque eso buscaba mi padre. Y, desalentada, pensé en que estábamos solos en su casa. ¿Podría enfrentarlo una última vez? No, por supuesto que él no me dejaría ir tan fácilmente. Intenté alejarme en cuatro patas lo más rápido que pude y me levanté en mitad de la retirada. Creí que lo lograría, casi pude arañar la puerta cuando mi padre me agarró del pelo. Pegué un grito por el tirón que, de seguro, me arrancó varios mechones. El gorro se me había caído en el pasillo.

—No te irás de aquí, Isabel. No me dejarás solo de nuevo.

—¿Quién es Isabel? ¡Por favor, déjame! —grité al sentir otro empujón.

Implorar era lo más débil y peligroso que podía hacer. Estaba desesperada y eso no ayudaba a mi condición de inferioridad. Yo no tenía la misma fuerza y energía que él. Al instante sus patadas me alcanzaron de lleno en el estómago y otros en mi pecho. Me dejó boqueando en busca de aire para mis adoloridos pulmones. Y solo cuando intenté encogerme, pude captar la punta del cuchillo que todavía lo tenía escondido. Cerré los ojos un momento y lo miré de nuevo. Tenía que estar atenta a su próximo movimiento. Mi padre no dejaría que saliera de allí sin antes haberme ganado el esfuerzo. Reprimí un estremecimiento e intenté sentarme.

Genaro, si bien tenía alrededor de cincuenta años, todavía poseía un cuerpo en forma. Perteneció al ejército y todavía le otorgaban trabajo como empleador independiente. No conocía los detalles sobre cuáles eran sus tareas ni cuáles servicios brindaba, tampoco quería saberlo. Para mí, él era mi peor pesadilla. Lo que sí conocía era ese lado salvaje y malvado que tanto odié por años. Y que nunca podría comprender. Era perverso y estaba convencida de que él disfrutaba al vernos sufrir. Siempre nos miraba con esa sonrisa que me asqueaba. Su cabeza estaba calva. Siempre utilizó un corte casi al ras, y desde hacía varios años se rapaba. A lo que yo le temía no era su estatura que, si bien era más alto, no superaba la media masculina. Lo que me aterraba eran los fibrosos brazos. Todavía podía considerarlo gigante al mirarlo desde el suelo.

—Sabes que no me gusta que seas débil, hija. Y tampoco puedes escapar de mí. Te dije que no te irás de aquí.

Me agarró del brazo y me arrastró hasta la habitación de él.



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